Si la grada insulta, para el balón

Un alevín del equipo gerundense Gironès-Sàbat acababa de fallar una ocasión de gol. Un aficionado local le increpó desde la grada. La respuesta del padre del chico, que se sentaba justamente detrás, fue inmediata. “Con el 8 no te metas”, le espetó. Ambos se enzarzaron en una discusión verbal que llegó a oídos del árbitro, que hizo sonar con fuerza el silbato cuando el balón traspasó la línea de fondo. Partido interrumpido.

El joven colegiado siguió el nuevo protocolo Zero Insults, que la Federación Catalana puso en marcha el 14 de febrero. Los partidos se detienen si el comportamiento de la grada no es adecuado. La intención, según el organismo federativo, es “reducir e intentar erradicar aquellos comportamientos violentos” y “respetar a todas las personas y estamentos que participen en un partido, y protegerlos de cualquier agresión verbal”. Por lo que los equipos saltan, en todas las categorías, juntos al césped con una pancarta que reza “Basta de violencia en el fútbol” y también se saludan al acabar el encuentro.

“La discusión fue aislada”, explican desde el banquillo del Sils, el equipo de casa; “pero el árbitro hizo su función. Los padres no tienen por qué hacer comentarios”. El entrenador local, Francesc Calduch, tuvo que desplazarse hasta las gradas para pedir calma. “Por favor, dejad de discutir porque si no el árbitro suspenderá definitivamente el partido”, pidió Calduch. La contienda no pasó a mayores y el partido pudo finalizar. “Sentí vergüenza ajena”, recuerda técnico.

A pesar de las buenas intenciones de la propuesta, existen algunas dudas sobre la responsabilidad de cada uno. Cuando el árbitro paraliza el encuentro, el delegado de campo debe pedir al aficionado en cuestión que abandone la instalación, algo que puede ser complejo. “Los encargados de la instalación o los representantes locales no pueden asumir esta carga”, sentencia Arnau C. Bolívar, segundo entrenador del juvenil del Sils.

Los padres, un problema

El técnico tuvo que comunicar, en un partido de la primera división juvenil, a un aficionado del Blanes CD que el encuentro no podría proseguir con su presencia. “Estaba insultando al árbitro”, relata. Ante la negativa del espectador, Arnau, de 20 años, mencionó la siguiente parte del protocolo: “Tendremos que llamar a los Mossos”. “Nuestro club puede encargarse de la actitud de nuestros padres, pero no de los del resto”, reflexiona Arnau.

El mayor problema del fútbol base “son los padres”, vuelve Calduch, que cuenta con 25 años de experiencia en los banquillos formativos. “Están encima de todo y de todos, incluso en los entrenamientos”, explica. El entrenador del juvenil del Blanes, Elliot Bastías, asiente: “Muchos ni saben el reglamento”. “Los entrenadores también somos responsables de la educación y comportamiento de los chicos y chicas que suben”, reconoce Bastías. Calduch va un poco más allá: “El fútbol base está hecho una porquería aunque la tendencia es positiva”.

La campaña de la Federación es el último empujón para convertir el balón en una herramienta formativa global. Es habitual ver en los campos territoriales los carteles informativos de la campaña: “Cero insultos en la grada”. Y que la pelota no se detenga.

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