El Rey esquiva Cataluña

Parece ser que el Rey rechazó la audiencia a Carme Forcadell, presidenta del Parlament, para que le comunicara la investidura del nuevo President Puigdemont, y algunos lo entendieron como un desprecio hacia las instituciones catalanas. Aquel mismo día, por cierto, su hermana tenía cita con el juez por no sé qué cuestión de su marido.

La actitud de Felip VI se alinea con el comportamiento del gobierno de Rajoy a la hora de tratar el asunto catalán: una puerta cerrada en nombre de la defensa constitucional y la unidad de España. Ante las complejas relaciones nacionales, cada detalle se transforma en un mensaje de una parte de la trinchera a la otra, y el monarca conoce perfectamente la magnitud de su rechazo. Catalunya y España están tras su gesto un poco más lejos de entenderse.

Tampoco es que haya tantísima gente en Catalunya que quiera ponerse de acuerdo con la Madre Patria. Claro que la hay, pero deberán hacer algo más desde el otro lado para ganar más adeptos. El desaire real justifica el argumentario independentista – “España no quiere ni recibirnos” – y acredita que Carles Puigdemont sea del todo coherente al no jurar lealtad a la Corona ni a la Constitución. Y no es que no sea coherente mostrarse enojado por las decisiones de la política catalana, sino que a diferencia del President, se supone que la tarea del Rey es la de tejer hilos, no romperlos más.

Con el proceso catalán de nuevo en marcha, la pelota vuelve a estar en tejado español, y si el talante de la capital sigue el modelo de Felipe VI, el camino del nuevo Govern será más largo que corto; siempre y cuando el Capitán General de les Fuerzas Armadas no ordene un asalto a los Generalitat en nombre de la democracia y la defensa de la Constitución. Lo curioso del caso es que el susodicho Capitán General, el mismo Rey de España coronado por la gracia de Dios, tenga la potestad de echar por la fuerza a los inquilinos de la plaza Sant Jaume elegidos por la sociedad catalana.

Felipe VI quiso ganarse la admiración popular en España pero dificultó cualquier entente entre las dos partes. Se equivocó, como se equivocan los catalanes que se quejan de su actitud. Aspirar una república catalana va muy por encima de las malas caras de las instituciones españolas, y lamentar públicamente el rechazo monárquico es caer de nuevo en un victimismo arcaico. Si tenim pressa, manos a la obra.

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