¿Y ahora, qué, Florentino?

El rey Florentino tiene un problema. Por primera vez en mucho tiempo su palacio presidencial se tambalea por el hartazgo de la plebe blanca. El máximo dirigente se encuentra expuesto a la indignación popular y su distinguida platea en el Santiago Bernabéu ya no le protege de las iras de su afición. El presidente mira a su alrededor y se encuentra solo. Nadie puede protegerle. Ya no es intocable.

El escenario donde se encuentra Florentino es nuevo. A diferencia de temporadas anteriores, no hay relevo en el banquillo que valga para construir un proyecto sólido. A Ancelotti le echaron para adaptar el equipo a imagen y semejanza del presidente, y la reubicación de Gareth Bale sobre el césped es la mayor prueba de ello. El problema es que Benítez agachó tan pronto la cabeza a los deseos de Florentino que su sacrificio no sería ningún golpe de efecto. Benítez es sospechoso a ojos de jugadores y seguidores; y la suplencia de Casemiro en el Clásico no hizo más que reforzar la sinsustancia del técnico. Su destitución no tiene valor y la mano del amo quedaría sin fantoche.

Sin atractivo en el banquillo, la solución del presidente vuelve a estar en el bolsillo. Tras un verano sin bombo ni platillos, qué mejor que un cheque con algunos ceros de más para comprar una buena dosis de ilusión, llámese Agüero, Hazard o Lewandowski. El problema es que en el paquete no se incluye esta vez la dosis de amnesia de cada temporada. Ya nadie duda de quién es el ideólogo del actual Real Madrid. Ya nadie duda de quién el máximo responsable de la actual situación.

El despido de Ancelotti fue tan improcedente que la silueta de la actual plantilla solamente conserva el trazo del mandamás. El camino que empezó a dibujar Florentino ofrece desenlaces muy distintos. Por una parte, los posibles éxitos del equipo no solo justificarán todas las medidas tomadas desde el palco, sino que avalarán cualquier futura decisión, venta de Cristiano incluida. El caso de Bartomeu y su triplete en es el mayor ejemplo de que al final acaba mandando el balón. Pero si los blancos siguen mostrando el desinterés e indolencia que regalaron a los socios en el pasado Clásico, no habrá más remedio que plantearse la viabilidad de mantener la presidencia.

El máximo dirigente apostó para que el Real Madrid fuera más que nunca su Madrid, pero la desmesurada ambición para personalizar el club puede acabar llevándoselo por delante. Pase lo que pase, la grandeza del equipo seguirá siendo incuestionable; el legado del presidente, habrá que verlo.

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