Jordi Pujol se hunde, Sánchez Camacho patina y Albert Rivera acierta

Si Pujol quería expiarse, lo ha hecho tan mal como ha podido. Porque si no, no se entiende la actitud, entre victimista en algunas ocasiones y despreciativa en otras, que el ex President ha mostrado. La presencia de Pujol en la cámara era el escenario perfecto para mitigar los efectos adversos de un proceso que afecta directamente a su legado político y la consistencia de su partido, tibio en la voluntad de ir más allá. El ex Presidente se ha negado a responder a las preguntas planteadas y ha acusado a los parlamentarios de cuestionar facetas de su carrera ajenas al propio caso.

Táctica poco inteligente si pretendía mitigar la destrucción de su herencia, la política, y no desprestigiar más a su partido. Miles de catalanes esperaban, por encima de números y datos, la sensación de arrepentimiento del líder catalán y la asunción de una práctica inmoral. Y Pujol no sólo no lo ha desprendido, sino que se ha mostrado como un damnificado al desnudarse y aceptar el escarnio público ante las cámaras. Ninguna aclaración y una bronca fuera de lugar a unos parlamentarios que se han quedado perplejos ante sus palabras. “Això no tocava”, parece. Qué gran error.

Se esperaba algo más del gran político catalán de los últimos 30 años, que ha mostrado rencor y amargura en sus palabras, consciente de que su figura era cuestionada por políticos que probablemente considera inferiores. Él, el gran gurú de la autonomía catalana; el político que debía formar parte del elenco de honor catalán junto a Macià, Tarradellas y Companys; él, Jordi Pujol, se ha visto impugnado por políticos que no podrán aportar a Cataluña ni una quinta parte de los éxitos logrados cuando era Presidente de la Generalidad. ¿O quizás eran éxitos deshonestos?

Entre ellos había Sánchez Camacho, quien se negó a exponer el caso de La Camarga en el Parlament y que ha hecho un auténtico ejercicio de hipocresía política al enarbolar la bandera de la justicia y la honradez. Aquello de que la memoria es selectiva, en su caso traspasa cualquier límite razonable. A diferencia de Albert Rivera, que ha olvidado su demagogia habitual, la líder popular no ha tenido piedad alguna y su tono ha rozado la insolencia y el descaro en un discurso bilingüe, consciente de que sus palabras tendrían repercusión en los medios nacionales. El representante de Ciutadans, por su parte, se limitó a descalificar la réplica de Jordi Pujol instándole a comparecer ante el fiscal a responder todo lo que se ha negado a contestar en la sesión parlamentaria. Probablemente la contrarréplica más concisa y acertada de los representantes políticos.

Quien no ha sabido desligarse de la sombra de Jordi Pujol ha sido su partido, que se ha limitado a poner en duda las cuestiones y actitudes planteadas por el resto de partidos. Jordi Turull tenía la posibilidad de deshacerse de la losa de la corrupción desmarcándose del padre, pero se mostró demasiado condescendiente en los pecados de Pujol y no ha rebatido sus explicaciones.

El mundo político. Todos barren para casa.

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