Te quiero, Martino… pero como amigo

tatas

Un entrenador “buena persona” es lo mismo que una chica “simpática” o un chico “mono”. Alguien que todo el mundo aprecia tener a su lado por su sensibilidad, bondad y manera de ser, pero que por distintos motivos o circunstancias, no es la persona con quién iríamos más allá. Martino, admitámoslo, es una grandísima persona. Martino, aceptémoslo, no es un entrenador Barça.

Cuando el rosarino aterrizó en Barcelona en medio de la incertidumbre que su currículum y experiencia generaban, el entorno aplaudió su estilo cercano y humilde, alejado de la combatividad a la que Mou nos había acostumbrado y de la distinción que cada traje de Pep desprendía. El banquillo del Barça abría la puerta a un enamorado del balón, un admirador del estilo alegre que había revolucionado el futbol moderno y del que se presuponía sabría evolucionar para no ser tan previsible.

298 días después de su primera rueda de prensa como entrenador del Barcelona, el Tata anunció su marcha minutos después de haber dejado escapar las opciones de alzar la Liga en el Camp Nou. Martino agradeció a los dirigentes la oportunidad de dirigir la entidad a la vez que lamentó no haber podido ayudar a los jugadores a cumplir los objetivos. Su voz, firme y digna, era el contraste a una mirada perdida y triste, exclusiva de quien afronta el fracaso públicamente.  Sus palabras, dulces y sinceras, fueron el reflejo de un personaje llano, singular en un hábitat sobrado de orgullos y egos; afligido por la consciencia de haber fallado a los miles de seguidores esperanzados en dar color a una temporada oscura.

Más allá de los indiscutibles mal resultados y de las dudosas aportaciones prácticas a un equipo empachado de triunfos e intocable a nivel jerárquico, la grandeza del argentino radica en su elasticidad para adaptarse a las decisiones del club, desde el extemporáneo mosaico a Tito el día del Clásico a la  inapropiada reunión con Luis Enrique; y en su humanidad para naturalizar su caída. Su paso por el club era casi anecdótico: lo importante era la institución. No todos actúan así.

Pero está claro que para triunfar en una casa de locos como es Can Barça, tal y como descubrió con aquello de la “crisis semanal”, ser honrado y tener ganas de aprender no basta. Martino llegó con un método de trabajo tradicional y anticuado, acostumbrado a un fútbol diferente, lento y más pausado, el argentino, cuyo nivel se resume en las cuatro únicas aportaciones a la lista de 30 jugadores de Sabella para el Mundial. Y su etapa en Paraguay, exitosa y triunfal al conseguir cuatro Ligas, se difumina en el momento que dicho torneo está considerado actualmente inferior al torneo doméstico ruso o rumano. Pocas similitudes con el mundo blaugrana.

Martino no ha podido ni ha sabido reconstruir un equipo tan talentoso como imponente; encogido por saberse remotamente ilegítimo en el cargo, y por no haber sido capaz de abstraerse de su fascinación a una plantilla necesitada de liderazgo y carácter. Como dijo Ramon Besa, admirar al Barça a través de algún canal digital de televisión de Argentina no significa saber hacerlo jugar. El Barcelona es otro mundo.

Y así, como un extraño a quien nadie invitó, Martino intentó sin éxito alargar la etapa más brillante del futbol reciente en un club donde nadie ha sido capaz de estar a la altura del argentino a nivel humano. Se sobremaquilló el precio de Neymar, Rosell desapareció sin dar explicaciones, Valdés vomitó sobre su brazalete huyendo a Alemania y Bartomeu se aferra a su cargo en nombre de los estatutos. Aquí, el (único) culpable no es el Tata.

Quizás la llegada de Lucho al banquillo sacude al club de tal manera como hizo Guardiola en su día. O no. Quién sabe. Lo único seguro es que la calidez de Martino se echará de menos demasiado a menudo. Mucha suerte Tata. ¡Te quiero… como amigo!

 

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