Si pudiera pegar a Pere Navarro

pere navarro

En la escuela siempre nos decían aquello de “pegar no está bien”, lo que significaba que también teníamos que “pedir perdón” o “darnos la mano”. Era una especie de protocolo rápido que los maestros con pocas aptitudes para la resolución de conflictos usaban para salir del paso. Otros, aún añorados y escasos, iban más allá e intentaban sacar a la luz el por qué de un insulto o un bofetón. “¿Has pensado qué le ha podido llevar a pegarte? ¿No puede ser que detrás de este gesto inapropiado haya un mensaje que te quiera transmitir?”.

Desconozco si la señora que agredió a Pere Navarro al son de “grandíssim fill de puta” se disculpó o le dio la manó, ni qué la llevo a abalanzarse sobre el líder del PSC. Sea como sea, un doble puñetazo se acerca más a una actitud animal que al raciocinio que presuntamente nos corresponde como seres humanos, por lo que vaya por delante mi más profundo rechazo al acto; pero Navarro se ha pasado de listo.

Aventurar que la agresión proviene de un “clima de crispación” es una explicación tan fácil como previsible, y el uso partidista de un hecho injustificable debilita seriamente su ya dañada imagen. No, en Catalunya no hay crispación social aparente ni nadie se queda en casa por miedo a recibir agresiones. La tensión estaba desgraciadamente en Euskadi no hace tanto, y si de algo se puede felicitar Catalunya es de su madurez a la hora de afrontar los cambios políticos y sociales demandados. Quien no quiso estar en la Via Catalana, se fue malhumorado a la playa, y quién no se alegró de la victoria de España en la pasada Eurocopa, no pasó por la repleta Plaza España de Barcelona. Es así, no hay más por muchas familias divididas que nos vendan por Navidad.

Insultos y vejaciones a la clase política los ha habido toda la vida, más aún en situaciones económicas desfavorables, por lo que un caso tan reprobable como aislado no puede convertir lo excepcional en general.

Precisamente Catalunya está atravesando actualmente un periodo de espera, serpenteando una efervescencia nacionalista diluida por el paso del tiempo, pero alerta por los posibles y dudosos acontecimientos del próximo #9N2014. Así, en medio de la incertidumbre, la “tensión creciente” es difícil de palpar, simplemente porque el final del camino, el que sea, aún queda lejos.

Lo realmente penoso no es solo denunciar una inexistente crispación social, sino ser incapaz de reconocer que los grandes elementos tóxicos de nuestra sociedad son unos políticos de perfil bajo que anhelan indisimuladamente el poder y enaltecer su figura. Navarro quiso diferenciarse reabriendo el cajón de un federalismo desdeñado años atrás cuando nadie lo pidió, y ha conseguido arrinconar al sector más catalanista del partido para fortalecer su discutido liderazgo. Lo último es acusar a la sociedad catalana de convulsa.

Si pudiera pegar a Navarro, le daría la mano y le abrazaría en nombre de de la convivencia y el entendimiento. Que nadie levante la mano nunca más. Pero le explicaría que siento una gran decepción por su traición a la letra C de su partido. Y a veces, la decepción duele más que un puñetazo.

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