Tito nos muestra el camino

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Cuando era pequeño y llegaba a casa arrastrando los pies un sábado por la tarde cualquiera, mis padres entendían que el partido no había ido bien. Derrota segura, vaya. Entonces ellos activaban una especie de mecanismo rutinario para desdramatizar la situación y relativizar mi mundo: “El futbol no lo es todo en la vida”, me decían. En aquel momento, con mi realidad distorsionada y la frustración del vencido hirviendo en mí, todo lo que dijeran no servía para nada más que para convencerme, otra vez, que mis padres no tenían ningún sentido de la empatía, palabra que aprendí años más tarde.

Precisamente con el paso del tiempo y la madurez propia del que deja de ser joven, empecé a descifrar aquel mensaje. No, el futbol no lo era todo. Ni el futbol, ni el trabajo, ni el dinero ni el amor. Todo es relativo. Educado para crecer en la sociedad sólida que Bauman ya catalogaba como líquida años atrás, evolucioné cuando intuí que el destino no espera con los brazos abiertos, y que mi propósito vital no iba más allá de ser racionalmente feliz durante mi vida. Una afirmación de aquello de “la felicidad no es un destino, sino una forma de viajar”.

En distintas etapas de mis numerosas crisis de identidad (las que todos pasamos, supongo), la vida de distintos personajes más o menos populares me interesó. Intentaba entender qué tipo de felicidad podía vivir, todas con sus diferencias y características propias. Una de ellas era la vida de Tito Vilanova.

Desde su aparición a la vera de Guardiola en el banquillo del Barça hasta su explosión mediática cuando cogió el primer equipo, su conducta siempre me llamó la atención. Tan discreto, equilibrista de cercanías y distancias, Vilanova exhibía la personalidad de alguien normal, alejado de los focos  y la pomposidad que el propio futbol genera. Sin tener aquella aurea mágica del gran Pep, su discurso era claro y directo. Digno. Como si no tuviera que dar explicaciones a nadie. “Estoy aquí para trabajar, disfrutar, y hacer disfrutar”. Por aquel entonces ya había superado su primer brote y estrenaba su primera temporada como jefe único.

Algunos elementos del tóxico entorno azulgrana aplaudieron su llegada pero alertaron sobre las posibles consecuencias de algún contratiempo de salud. Alguien tiene que estar siempre a punto para un “ya os lo había dicho”. Tito, consciente de dicha posibilidad, pactó con el club una solución en el hipotético caso de un empeoramiento que desgraciadamente ocurrió. A finales de 2012 se trasladó a Nueva York para encontrar solución a una enfermedad que conmovió los cimientos del deporte español. #AnimsTito, compartían.

Su lucha evidenció la fragilidad del ser humano enfrente la propia vida y el azar. Tito constató que nada es eterno y nadie intocable. Bauman tenía razón, fluimos. Todos somos más vulnerables de lo queremos creer a pesar de vernos eternos al paso de los años. Tengo tiempo, pensamos. Mentira.

La desgracia de Vilanova, tan próxima en muchos hogares anónimos que conviven con la desventura de la incertidumbre diaria, sirvió para reconocer mi necesidad en capitanear mi porvenir. Nadie espera. En tiempos de apatía social e individualidad emocional, la voluntad de del ampurdanés de alejarse para diluir el dolor ajeno, es una muestra de su grandeza y generosidad, alejado del egocentrismo.

Tito nos deja, pero probablemente convencido de haber vivido una vida llena y feliz, puede que afortunada, a pesar de que ahora pueda sonar raro.  Su desgracia engrandece su figura y exhibe la necesidad de no perder ni un minuto de nuestro tiempo. Dicen que siempre se van los mejores. Tito se va, pero su recuerdo permanece. Él nos enseña el camino.

 

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