Un Barça de medio pelo

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Hubo un día que el Camp Nou vio a su equipo caer en semifinales de Champions. Era el año 2012, y unos días después Guardiola anunciaría que su periplo en el banquillo tocaba a su fin. Durante algunos de los 90 minutos de aquel encuentro, el Barça estuvo virtualmente clasificado para jugar de nuevo la final del torneo continental, pero un rápido contragolpe de Ramires y un penalti fallado por Messi dieron al traste con el sueño europeo. Aquel día, justo en el instante que Fernando Torres marcaba el 2-2 definitivo, el Camp Nou decidió agradecer a su equipo los éxitos de aquellos años cantando y aplaudiendo hasta que los jugadores se fueron al vestuario. Los presentes aseguran que nunca se había visto una ovación tan atronadora y sentida. Nadie, absolutamente nadie se atrevió a abandonar el estadio y ausentarse en el duelo de la eliminación.

Dos años más tarde, el mismo escenario que se sentía tan inexpugnable como eterno mostró su rostro más insensible y alejado, su semblante más tradicional y desganado. Si no hay nada más doloroso que la indiferencia de un ser querido, ante el Athletic de Bilbao, el Camp Nou evidenció su intenso desamor. Ya no reconocen a su Barça. Hace demasiado tiempo que se marchó.

Se esperaba una recibida adversa, una muestra generalizada de que las cosas no se están haciendo bien, pero solamente algo más de 50.000 personas, muchos de ellos turistas, se acercaron al estadio. Pocos pitos ni reivindicaciones. Ni para la crítica el barcelonismo está unido. Sálvese quien pueda.

La realidad es que el club vive una situación especialmente incierta, conscientes de la saturación de la plantilla pero incapaz de dar la espalda a unos jugadores que encumbraron el escudo a lo más alto. Su pasado triunfal impidió la evolución del vestuario, atascada por el propio peso de sus integrantes, y actualmente la revolución parece la única salida posible. Probablemente la cobardía de aquellos que no se atrevieron a tomar decisiones y miraron hacia otro lado cuando los primeros signos de bloqueo eran evidentes, sea la principal causa de los males del club. Y siguen sentándose en el palco, por cierto.

Lo que más duele a los barcelonistas es la sensación de haber perdido la identidad. Y no hablo de posesión o verticalidad, sino de esfuerzo, pasión y confianza. Demasiadas veces se ha visto a un equipo desorientado; perdido por la falta de firmeza de un Martino a quién no han dejado modelar la obra a su gusto. Ni el entorno ni los propios jugadores permitieron el viraje que el argentino estaba proponiendo, y ante la claudicación del técnico, la temida autogestión ha vuelto a dañar a un equipo lleno de intocables. Nada nuevo en Can Barça. El Barça de Ronaldinho ya murió de la misma manera y, con una impopularidad presidencial de más del 60%, resurgió cortando cabezas. Nada es imposible, pues.

El nuevo entrenador debe enriquecer la plantilla a nivel táctico (Martino ha mostrado algunas carencias en este sentido) y sobre todo a nivel emocional. El esfuerzo debe volver a ser innegociable para convertir el talento en superlativo. Si los jugadores se reivindicaron ganando la liga de los récords sin la mano de Guardiola, retroceder de nuevo para retomar la cultura del sacrificio y la humildad que el catalán impuso puede ser el primer paso.

Por este motivo, la apariencia despreocupada en el traqueteo de Cesc, los vídeos gamberros de Alves o el mismo postureo en el juego de exhibición de Neymar, enfurecen a una afición enamorada de su pasado y que duda de su presente. Cuando los resultados no salen y la autogestión no funciona, lo mínimo exigible es la entrega y la pasión. Y en el Barcelona hace tiempo que se perdió.

El Barça tiene ante sí la posibilidad de convertir su propia crisis de identidad en una oportunidad para crecer y reinventarse, pero para ello necesita un patrón incuestionable y la paz social que solo unas elecciones puede traer.  Talento sobra, la cuestión es saber gestionarlo bien.

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