El Barça se olvida de ser el Barça

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No hace mucho, la privilegiada vista de un señor llamado Jonas Erikson y la inercia de la caída de un cuerpo diminuto llamado Lionel Messi propiciaron el inicio de una cómoda victoria en el Etihad Stadium de Manchester. El penalti a la Pulga, tan decisivo como discutible, abrió el camino para vencer a los todopoderosos citizens y avistar los cuartos de final de la Champions.

Había tanto temor al partido frente a los de Pellegrini que la resolución del encuentro sirvió para enaltecer el juego de control y posesión mostrados por el Barcelona. “En el mejor momento, la máquina vuelve a funcionar”, decían. Como si el equipo hubiera esperado al tramo decisivo de la temporada para ponerse las pilas.

No sería más que el enésimo interruptus del curso. Días más tarde llegaría la Real Sociedad para dilapidar en 60 minutos, suficientes para trigolear al Barça en Anoeta, las esperanzas culés depositadas en Europa, la Copa y la Liga.

Precisamente éste es una de los grandes problemas de una plantilla desgastada por los éxitos, el tiempo y unas jerarquías intocables. El Barcelona se ha convertido en un equipo tan inconstante y tibio que actualmente es una caricatura de las expectativas que genera su propia camiseta. Y no hablo del esplendor de hace guardiolaños (disculpen el lamentable juego de palabras), sino de una embarazosa falta de energía, ímpetu y vigor que el equipo muestra en demasiados partidos, empezando por Messi y acabando por la salidas falsas de Valdés, el último en contaminarse.

No hay nada peor que la sensación que el equipo está saturado. Que no da para más. Y no por falta de efectivos, sobrado, sino por falta de actitud. El partido ante la Real, ataques de entrenador a parte, fue una clarísima muestra como tantas otras hemos visto durante la temporada (¿recuerdan los cachorros del Ajax?). Hubo un tiempo que la frase “Messi sabe dosificarse” era un elogio al mejor jugador del mundo. A falta de catalán, sabía fisiología deportiva. Ahora ya no es más que un eufemismo que esconde una pasividad defensiva alarmante, difuminada por un talento desmesurado. Messi será siempre Messi, pero el equipo echa de menos al mejor jugador de la historia.

El único que puede poner orden en este desconcierto es este amable y respetuoso señor de sinceridad excesiva llamado Gerardo Martino. Si algo se aprecia del Tata es su coherencia y franqueza,  que le convierten en un hombre llano y corriente…  a la vez que más frágil a ojos de su plantilla.  Su problema es que en sus manos tiene a superhombres atiborrados de gloria, triunfos y reconocimiento. Y esto, como comprenderán, a la hora de correr pesa.

El técnico reconoció haber errado en el planteamiento del último partido, pero no amagó una verdad tan irónica como incómoda: “las rotaciones son buenas sólo cuando funcionan”. ¡Cuánta razón! Ningún aficionado catalán habría cambiado ningún jugador de la Real, posición por posición, por alguno del Barça. Por muchos cambios y retoques que el Tata propuso, además de alguna aportación táctica que no dio resultado, Anoeta vio jugar de inicio a Iniesta, Messi, Piqué, Neymar, Busquets o Piqué entre otros, más la supuesta energía suplementaria de los teóricos suplentes. De nada sirvieron tantos nombres y renombres en cuanto la Real se puso el peto de trabajo frente a los guantes de seda barcelonistas.

Han pasado muchos meses ya desde la llegada de Martino  y el rumbo del Barcelona sigue siendo inestable. Se ganarán muchos partidos porqué calidad no falta, pero el 7-0 del Bayern la temporada pasada sigue anclado en la memoria de los aficionados y parece que las corrientes llevan al equipo hacia el mismo fatídico lugar. Más allá de las aportaciones tácticas del argentino, los últimos responsables de los resultados serán siempre los portadores de la camiseta en el campo. Y ahí, ímpetu y motivación en condiciones, el equipo debería ser imparable. Pero si falla la base, el Barça se olvida de ser el Barça.

 

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