Hoy he perdido a mi tío. Exijo poder estar triste

Hoy he ido al hospital. Mamá me llamó pero no se lo cogí porque estaba en el trabajo. Cuando vi un SMS con su “Llámame urgentemente”, supe que algo iba mal. No es que sea especialmente intuitivo, pero teniendo a mi tío enfermo desde hace un tiempo, los mensajes “urgentes” nunca son buenos presagios.

Mi tío había fallecido. Un paro cardíaco se llevó el brillo de sus ojos y con él nuestras esperanzas. Tampoco es que tuviéramos muchas de que se recuperara. Su lucha se perdió en el momento que el tiempo jugó en contra y la edad fue una carga inasumible. Mi tío se había hecho mayor. Demasiado para la vida.

La sensación de perder a un ser querido es distinta para todos. No valen los  te entiendo  o los sé lo que sientes, básicamente porque nadie ha perdido a mi tío. Por eso era mío y de nadie más. Agradezco las muestras de cariño, claro, y más cuando alguien se acerca a mi tía para abrazarla, pero los tópicos y el pésame no hacen nada más que incomodar mi vela y turbar mi mente. El protocolo sobra.

Dejadme solo. Solo pido silencio. Nada más. Silencio doloroso, sentido, si se puede pedir; silencio enojado, emotivo.  Y no es que quiera ahogarme en mis penas. Para nada. No hay nada peor que quedarse la tristeza dentro, porque después sale por otras partes, en otras formas y colores. Simplemente quiero llorar tranquilo. Solo o con quien yo quiera o necesite.

Entrar en un hospital deprime. No solo por las caras ajenas, entre rendidas, abrumadas o angustiadas, sino por el olor que cada esquina desprende. Es un olor que se infiltra en uno y le hace enfermar. Al menos es lo que yo percibo. Olfatear su aire me invita a pensar que el enfermo soy yo, y si no lo estoy, pronto caeré.

Como no tenía ni idea de donde se encontraba mi tío, he tenido que preguntar al recepcionista. Preguntar por un paciente fallecido siempre genera incertidumbre. La cara del hombre en cuestión acostumbra a seguir tan impávida como antes, lo que te cuestiona si el hombre es un insensible o simplemente se ha convertido. Supongo que el oficio obliga a ponerse las propias barreras emocionales, pero cuando uno está afligido por la pérdida, lo que al menos espera es un cambio de expresión facial. Una especie de “me sabe mal” sin decirlo, aunque la petición me convierta en incoherente  con mis reivindicaciones solitarias.

Lo que sí jode es cuando el señor asegura que “aquí no consta que haya fallecido”, como si su ordenador estuviera más al corriente que las lágrimas de mamá. Imbécil, pienso. Estoy triste, y la tristeza genera ira. Cuando nos enfadamos, insultamos. Sale solo. No soy tan raro, creo.

El camino desde que hablé con mamá hasta que insulté en mis adentros ha sido especialmente rápido y húmedo. No sé por qué he puesto la moto a tope, cuando ya sabía que la muerte no espera. Supongo que la propia rabia e indignación de reconocerme tan pequeño en el mundo me ha invitado a llorar debajo el casco. Lloro mucho, sin esconderme de nadie, como si todo el mundo debiera saber lo apenado que estoy y entender mi desconsuelo. Creo que llorar una pérdida es el único llanto orgulloso, como si a más lágrimas, más pena; y por tanto más amor perdido.

Y así, entre lágrimas dignas, he cruzado el pasillo buscando la habitación que el señor imbécil del ordenador me había revelado. Un pasillo de hospital no tiene pérdida. Es largo y estrecho, por lo que si te cruzas con alguien te das cuenta. A excepción de si lloras. Parece que las lágrimas tengan el poder de volverte invisible. Lloraba y sollozaba, pero todos aquellos que se cruzaban conmigo, enfermeras incluidas, seguían a lo suyo o giraban la cabeza. Como si cuando alguien llora, cualquier muestra de interés fuera a ser respondida con un “¡A ti que te importa, imbécil!”. Seguro que ha ocurrido alguna vez. Al menos, estar al margen te asegura evitarte problemas. Lástima que también evite acompañamiento y calor. Y si en algún sitio falta de eso es aquí, en el hospital. No digo que a cada persona que llore tengamos que echarnos a sus pies. Simplemente que a veces la gente agradece los gestos ajenos, incluso de desconocidos.

Mi tía es de aquellas señoras que está orgullosa de que su marido se desviva por ella. Mi tío fue siempre un caballero y un galán. Y no de aquellos de película, sino de los de la vida real. De aquellos que surgen simplemente porque se quieren. Mi tía y mi tío se querían. Mucho. Tanto que siempre he pensado que cuando uno faltara el otro le seguiría días después. Supongo que el amor también es eso. Que la falta de uno imposibilite el avance del otro y viceversa. No sé si me explico.

Cuando he visto sus ojos bañados en la habitación, guardando el cuerpo inmóvil de mi tío, he entendido el significado de “querer”. Compartir, regalar; querer es dar y no esperar. Quererse es lo que mis tíos hacían. Y lo que mucha gente no puede. Nos falta mucho amor, creo.

He sido incapaz de articular palabra. Lo que hubiese dicho habría quedado ridículo enfrente su pena. Silencio, por favor. Simplemente no digas nada que sea irrisorio y empequeñezca este momento. La vela de mi cuerpo hasta que se lo lleven.

Mi abuela lo hizo y mis tíos también. Cuando mueren, dan su cuerpo a la ciencia. Nunca me lo he planteado, pero es un último acto de servicio al mundo que impide que los vivos les visiten en un cementerio cuando quieran. Nunca he pisado uno sin motivo. Si necesito encontrarme con alguien que no está, busco dentro de mí. En el cementerio hay demasiada carga mística como para encontrar lo que uno desea.

Si algo he deseado con todas mis fuerzas es evitar que los camilleros se llevaran a mi tío. No por alargar el drama ni convertirlo en tragedia, sino porque sabía que su marcha provocaría el vacío. Vacío en la habitación, vacío en nuestro cometido y vacío en cada una de aquellas cosas que día tras día van a recordarnos que ya no está. Su cama, su silla, sus zapatillas… La muerte nos lleva, pero el vacío nos mata. Es así de sencillo.

Cuando los enfermeros han venido a por el cuerpo toda la calma conseguida por la compañía y el afecto se ha convertido en ansiedad y angustia. Aquellos señores se iban a llevar a mi tío para siempre. Como la muerte. Incluso consciente que hacía mucho rato que todo se había apagado dentro de aquel cuerpo empequeñecido por el tiempo, su figura inerte nos acompañaba entre aquellas paredes. Sin vida, sí, pero estaba ahí. O simplemente confundía la vida con su rostro.

Nunca he acabado de saber en qué momento uno muere. Sí, cuando el corazón bombea, es una evidencia, lo sé. Me refiero en qué momento uno muere. A veces aspiro a creer en la vida propia del alma, y que el cuerpo no sea nada más que una herramienta. A veces me desespero y me entra el temor. Si me apago, ¿qué pasa? De manera simple pienso que el recordar a alguien le mantiene vivo, pero me parece demasiado ingenuo e infantil. Supongo que es mi necesidad para justificar mi miedo a desaparecer.

Los señores han salido con una caja cubierta por una sábana. Desde la otra punta del pasillo, ya fuera de la habitación, he visto como se acercaban para dirigirse hasta el ascensor de uso habitual, lo que significaba que pasarían justo enfrente de nosotros. Mientras empujaban el peso de la muerte, un camillero ha oído algo, se ha parado, ha respondido y se ha reído. Tampoco mucho, pero suficiente. Supongo que la rutina convierte los momentos de dolor en normales, y que no se dan cuenta que cada camilla que arrastran es única para sus allegados. Me parece triste. Aunque razonable. Lo de las defensas que dije antes, supongo.

No sé qué será de mi tía. Esta noche dormirá con mi prima, pero mañana no lo sé. Mañana, me refiero. No sé si será capaz de enfrentarse al vacío de su casa. A los silencios de la soledad. A su pena. Ella no ha visto pasar los señores de la camilla ni han visto como metían el cuerpo en el ascensor. Simplemente lloraba. Como el resto de nosotros. El ascensor ha llegado, han entrado, y se han ido. Con mi tío para siempre. Así de simple. Así de triste. Una vez se ha ido, nuestra presencia se ha convertido en absurda e innecesaria. Seguramente como antes, pero ya no teníamos ni alguien a quien mirar ni llorar.

Poco a pocos nos hemos levantado y nos hemos despedido. Creo que ha sido el peor momento de todos. El instante de reconocer que todo ha acabado y que debes continuar. Hoy no quiero continuar. Hoy estoy triste. Irme del hospital me ha parecido a una traición a mi tío. Como si le abandonara. Una especie de sensación a volátil, a frágil. La sensación de tener que mirar al frente, cuando lo que deseaba era quedarme atrás y seguir a su lado. Con vida o sin ella, pero sin dejarle.

Al salir del hospital todo el mundo seguía a lo suyo. Nada había cambiado. Gente, coches, luces, ruido… Alguien me mandaba un Whatsapp. “La vida son dos días”, decía. Tiene razón, pero yo hoy estoy triste. Quiero recordar a mi tío. Ni que sea un día. O dos. No quiero vivir como si nada. Tengo derecho a estar triste y exijo estarlo. Simplemente dos días y vuelvo. Silencio.

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