Barcelona en el Clásico

Este año la ciudad no desprende la emoción por el partido de otros años, pero se nota que se juega un partido grande. A pesar de aparentar normalidad, la capital catalana se prepara para vivir uno de los acontecimientos deportivos más grandes del país

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Barcelona se despierta bajo un Sol radiante. Temperatura primaveral, manga corta, comercios abiertos… Los sábados en la Ciudad Condal desprenden la tranquilidad propia del descanso.  El Paseo de Gracia y la Plaza Cataluña son los escenarios preferidos de turistas y locales para disfrutar del inicio del fin de semana. Pero hay algo en el ambiente que difiere del resto de sábados del año. Al colorido propio de Las Ramblas se le une el azul y grana de las camisetas de muchos aficionados del Barça, y el rojo y amarillo de la segunda equipación, especialmente popular por su relación con la senyera, la bandera de Catalunya, en un año donde el independentismo regional se ha disparado. El Clásico ya ha comenzado en la calle horas antes que Messi se calce las botas.

La capital catalana no es conocida especialmente por su fervor futbolístico. No es que no apoye a su equipo, ni mucho menos, pero simplemente el Camp Nou nunca será célebre por sus constantes arrebatos de entusiasmo durante los partidos. Se anima y se canta, sí; pero a excepción de los últimos tiempos donde la comunión equipo-afición ha sido máxima, el estadio es de los más fríos de Europa. Y no hablo de temperatura, precisamente. Por esto, ver camisetas por la calle una mañana de sábado significa que hay un partido de los grandes.

El barcelonista es difícil de entender: puede llegar a irse a la cama sin cenar por un mal resultado, pero a la vez tiene una alta capacidad de mostrar cierto desasimiento cuando las cosas van mal dadas. Una antigua medida defensiva, probablemente. Con los años y los triunfos, el eterno complejo de inferioridad del aficionado del Barça frente al Madrid ha ido desapareciendo. La semilla de Cruyff y los frutos de Guardiola han conseguido que los aficionados muestren su orgullo por formar parte de la familia barcelonista e incluso muestren cierto sentimiento de superioridad moral por el estilo de juego realizado. Muchos jugadores de la actual plantilla tienen parte del mérito de este cambio de mentalidad, algo que no se había conseguido en los más de cien años de historia del club.

Antiguamente, en tiempos de la dictadura, el Clásico era el único escenario posible para que Cataluña pudiera reivindicarse ante España. Decía el escritor Vázquez Montalbán que el Barça era el ejército desarmado de Cataluña. ¡Y cuánta razón tenía! En tiempos oscuros y de opresión lingüística y cultural, los partidos frente al Madrid eran los únicos escenarios posibles para ganar a España, representada en el equipo blanco. A falta de títulos, muy escasos no hace tanto, vencer el Clásico bien podía justificar una mala temporada.

Lejos quedan ya los tiempos en blanco y negro y Barcelona no teme la llegada del Realísimo. No solo eso. Ha visto reflejada en la actitud del Madrid de Mourinho, los históricos lamentos azulgranas basados en favoritismos arbitrales y cacicadas federativas. Los tiempos han cambiado. El Clásico ya no asusta, apetece.

Se nota que el actual entrenador del Chelsea ya no está. El ambiente de la calle no es el mismo que los últimos años, cuando vencer a la chulería de Mou rozaba lo personal. El técnico portugués consiguió que tumbar al Madrid tuviera premio doble: derrota de los blancos y derrota de Mourinho. Con Ancelotti, el objetivo se simplifica: ganar a los blancos basta.

El partido empieza a las seis, una hora rara en nuestros tiempos pero habitual en el pasado. Se echan de menos los partidos con Sol, a pesar que en la tele moleste. Ir al fútbol se anhela, pero los partidos de las diez de la noche invitan a quedarse en casa. El fútbol ya no es de los aficionados, sino de los medios y del mercado chino, que por lo que parece se desvive por nuestro fútbol. Gracias (¿por culpa?) al gigante asiático se han introducido partidos a mediodía, lo que por cierto, me agrada. El partido de hoy estuvo cerca de jugarse a esta hora, por cierto. Pronto veremos alguno.

A medida que se acerca la hora las terrazas de llenan y los colores se repiten. Se ha puesto de moda poner televisores exteriores para que los clientes disfruten del partido y de la calle. Supongo que el Sol invita a pedir más cervezas, por lo que los dueños llenan las aceras de sillas y mesas. Con suerte, mucha, uno consigue sentarse, pero en los grandes partidos se debe reservar mesa. Un Barça – Madrid es lo máximo, por lo que hay que ser precavido para no tener que verlo de pie.

Cuando uno tiene la suerte de poder entrar en el Camp Nou, los accesos al estadio son testadores de emociones. Cuanto más importante es el choque, más gente hay y más camisetas del equipo se ven. Los aficionados acostumbran a ir en grupos, aunque también hay mucha gente sola que cuenta con la compañía de los espectadores de los asientos de al lado, convertidos en amigos en las victorias y en confidentes en las derrotas. Son pequeños rituales que se repiten partido tras partido.

Lo mejor de un Barça-Madrid es lo que llega a condicionar la vida de los aficionados. No hay obra de teatro, exposición o restaurante que no note los efectos del partido. Para bien o para mal. Hace un tiempo, un grupo de música prometió instalar una gran pantalla para ver un partido de Champions, cuyo final coincidía con su espectáculo. Nada se deja al azar. Las calles se vacían, el tráfico aligera y las casas se llenan de amigos y familiares para compartir la excitación del partido mientras abren bolsas de patatas y latas de bebida. La hora cambiará algunos hábitos, o simplemente los habrán dejado para el post-partido. Y dependiendo del resultado, algunos no podrán ni comer. Barcelonistas

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