Las alcantarillas del ciclismo

Destapar casos de dopaje después de quince años abre el debate sobre la necesidad de pasar página o tirar de la manta para acusar a todos aquellos que hicieron trampa. Olano, Serrano y Beltrán, los últimos ciclistas españoles implicados.

Olano en sus tiempos en Banesto. EFE

Olano en sus tiempos en Banesto. EFE

 

En lo que parece ser una interminable serie de zombis, el penúltimo capítulo sobre dopaje destierra positivos de 1998. La comisión de investigación de la Eficacia de la Lucha Antidopaje del senado francés concluyó que el podio del año del affaire Festinausó EPO, como también los españoles Olano, Beltrán y Serrano, además de otros apellidos ilustres: Cipollini, Zabel, Jalabert o Durand, entre otros. Quince años después, es más que probable que el entonces líder de Banesto pierda su cargo en la organización de la Vuelta a España.

El ciclismo avanza año tras año con la sensación que su rueda trasera va pinchada y no sabe como repararla. Se intentó todo: seguir como si nada, poner algún parche e incluso cambiar la rueda entera. Pero cuando parecía que el pedaleo era más alegre y fluido, el peso de su historia más negra volvió a reaparecer.

Poco antes del inicio del Tour del centenario, Lance Armstrong aseguró que ganar la ronda gala sin doparse era imposible. Parecía como si el americano necesitara captar la atención del gremio en los días previos al inicio de la carrera.  Pocos días antes, su gran rival en la carretera, Jan Ullrich, confesó el uso de sustancias dopantes durante su etapa profesional. Como la miel a las moscas, el Tour de Francia parece invitar a corredores ya olvidados a volver a primer línea mediática.

Se apuntaría Michael Rasmussen, ganador virtual del primer Tour de Contador, aldenunciar que Bjarne Rijs, otro confeso y director de Saxo Bank, conocía las prácticas ilegales de su actual equipo en los años de CSC. Una vez más, ciclismo y dopaje volvían a convertirse en sinónimos a pesar de los esfuerzos de los últimos años para limpiar su imagen.

La justicia francesa ha vuelto a mostrarse exigente e inflexible en el cumplimiento de las normativas antidopaje, pero hay que valorar si realmente su información era necesaria para el ciclismo, o simplemente es una muestra de poder político populista.

Es innegable que las reglas están para cumplirlas, como también que aquel que se las salta debe pagar las consecuencias. El problema radica en que los propios organismos nacionales e internacionales estaban obsoletos a nivel de materia antidopaje. Es sabido por todos que la década de los 90 y el primer lustro del siglo XXI estarán marcados por la presencia generalizada del dopaje en la alta competición. Se sabía y se sabe, pero no se pudo demostrar en su momento.

Las acusaciones del senado francés parecen algo fuera de lugar. Si en el segundo Tour de Armstrong, en el 2000, se hubiera destapado que Hinault, Lemond y Roche se doparon en 1985, probablemente hubiera sonado anticuado.

El propio ciclismo ha intentado cambiar sus métodos y arrancar el problema de raíz. El pasaporte biológico, como la necesidad de demostrar el paradero de los corredores a corto y medio plazo, son dos claros ejemplos de la voluntad para erradicar el uso de sustancias dopantes.

A partir de aquí, juntamente con la evolución científica que ha permitido desarrollar la lucha antidopaje y conseguir unos controles mucho más exhaustivos y concretos, aparece la duda. ¿Pasar página o levantar la alfombra? Ambas respuestas tienen elementos positivos y negativos pero es muy probable que actualmente el ciclismo deba de mirar el presente y su futuro.

Señalar los ciclistas que quince años atrás se doparon tiene poco sentido a nivel práctico.  En el momento que muchos de los ciclistas de aquella generación han ido confesando sus malas prácticas, y que actualmente las sanciones parecen ser más estrictas, culpar aquellos que formaron parte de un sistema contaminado parece hipócrita.La propia UCI reconoce la existencia de un “decenio oscuro”. Culpar los corredores cuando su propio organismo internacional conocía su realidad no parece del todo justo.

Cambiar siempre cuesta. Lo primero es reconocer el problema. Después, buscar soluciones y aplicarlas. Con tiempo y rigor, parece que el ciclismo se ha actualizado y reconvertido en algo más transparente. Que esa lucidez no se manche por hurgar en las alcantarillas más sucias del deporte.

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