La injusta e indirecta responsabilidad de Guardiola

Tito y Pep en sus buenos años. EFE

Tito y Pep en sus años en el club. EFE

La confusión y la duda se han adueñado del barcelonismo en el momento que el Futbol Club Barcelona convocaba una sorprendente rueda de prensa. Nadie esperaba a su presidente y director deportivo, y su presencia ha provocado todo tipo de rumores. Según pasaban los minutos, los medios nacionales informaban que Tito Vilanova no seguiría al frente del equipo a causa de su enfermedad, noticia que el propio presidente confirmaría poco después.

Tercera puñalada en menos de año y medio que el club recibía a través de un cáncer y de la figura de Vilanova. La sensación es que esta vez el barcelonismo está más huérfano que nunca de referentes y líderes para que el equipo y su masa social no se resientan.

La indefinición idealista reina en una entidad que ha convertido su futbol en icono mundial, pero que ve incrédula como los referentes e impulsores del mejor Barça de la historia no solo han desaparecido, sino que se han enfrentado. La obligada marcha de Vilanova asusta aún más.

El barcelonismo está herido. Aún no está recuperado de la tormenta de este verano que Guardiola, Tito y el propio club protagonizaron. Por los daños, más que una tormenta fue una dolorosa granizada que echó a perder los frutos de cinco años, y nadie acaba de encontrar los verdaderos culpables para un final tan hamletiano.

Lo que sí puede haber es un cambio de guión. Solamente hay una persona con el poder suficiente para unir el barcelonismo en unos momentos tan duros. Y este no es otro que Josep Guardiola, probablemente el último gran ismo del club. Sin él quererlo, después de nuñismos o cruyffismos, el guardiolismo es la última corriente desestabilizadora creada por la propia entidad. Así es el Barça, “més que un club”.

Sus palabras la semana pasado pidiendo que le dejaran en paz y que habían aprovechado la enfermedad de Tito para atacarle, tuvieron la contundente respuesta del propio afectado, acusándole de no haber actuado como “un amigo”.

El peso del tiempo, el silencio y los rumores explotaba y convertía Can Barça en un torbellino de declaraciones, opiniones y desmentidos que aturdían a sus aficionados. Sin saber a quién creer ni a qué atenerse, socios y simpatizantes asistían atónitos a la caída de la amistad más fructífera y triunfadora de la historia del club. La estabilidad se tambaleaba como tantas otras veces.

Ahora con Tito otra vez fuera de juego, y con la sensación que la directiva no ha acabado de digerir unos hechos tan inesperados como precipitados, las palabras conciliadoras de Pep serían el bálsamo reconstituyente que el barcelonismo necesita. Aunque por posición no le corresponda, un público “estoy contigo” recordaría al club su exitosa historia reciente y recuperaría a Pep para la causa, a pesar los miles de kilómetros de distancia. Recuperaría al arquitecto. Al que todos siguieron para llegar a Ítaca. Él tampoco puede olvidarlo.

No debe de ser fácil dar un paso atrás para dar dos hacia adelante. La grandeza involuntaria de Pep, hombre de trato especial y orgullo propio, le dificulta ofrecer una sincera voluntad de reconducir una gangrenada relación que afecta a toda la familia azulgrana.

El socio necesita volver a sentirse orgulloso del poder del futbol de su equipo y no puede retroceder a los tantísimos años de convulsión y agitación que el club ha vivido en su existencia. Pep, mucho más querido que discutido a pesar de lo que se diga, engrandecería su leyenda ofreciendo su mano y facilitaría la digestión del peor trago del barcelonismo. De él depende.

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