Una historia de desamor: Valverde y el Tour

La 13ª etapa se acercaba a las dos horas de carrera y la televisión  mostraba a  Valverde descolgado, tratando de recuperar terreno respecto a un pelotón disparado. Caída, anuncia la organización.  La repetición muestra un compañero cediendo su rueda trasera al líder del Movistar, que intenta acelerar para acercarse al grupo de favoritos rápidamente.

Alejandro Valverde, segundo en la general y demostrando un alto estado de forma en la ronda gala, empieza junto a sus compañeros una persecución a casi 100 km. de meta para mantener intacta su posición de favorito al podio y, quien sabe, al Tour.

Pero algo va mal. La distancia no se reduce y los nervios se apoderan del coche de José Luis Arrieta, corredor que pasó casi toda su carrera de ciclista en la propia estructura del equipo en los tiempos de Banesto e Indurain. Así, todos los Movistar que aún están en el grupo principal reciben el SOS por el auricular. Todos a trabajar. Valverde peligra y con él los objetivos de la carrera. Solamente Nairo Quintana, el joven colombiano que lucha por el maillot blanco tiene estatus para mantenerse delante.

La que tenía que ser una etapa de transición más empieza a convertirse en un calvario. La diferencia va aumentando y el propio Valverde empuja más de la cuenta en los relevos, descolgando algún compañero con una genética menos preparada que la del murciano. A los 33 años y después de muchos sinsabores, su mente empieza a recordar los fracasos y abandonos en su carrera soñada.

La carrera de Valverde ha estado marcada por su obsesión en las vueltas de tres semanas. En su segunda Vuelta,

Foto: AS.com

en 2003, acabó tercero detrás de Heras y Nozal. Aquel año sería la de la explosión de Alejandro en el Kelme, donde llegó un año antes junto a Cuenca con vitola de cracks. Este último, no llegó nunca a demostrar lo que se esperaba de él y las malas voces, junto a la de Jesús Manzano, confesor del dopaje generalizado en el equipo, dijeron que era el único que no tomó sustancias prohibidas.

Hasta ocho victorias, dos de ellas de prestigio en la montaña de la Vuelta, además de la plata en el mundial de Astarloa, fueron su carta de presentación al mundo de las dos ruedas. Era un elegido y había llegado a la cima para quedarse. La prensa, cómo no, veía en él al nuevo mesías. “El futuro es suyo”, decían. Beloki, convaleciente de la caída de Gap,  tenía sucesor y Armstrong ya podía empezar a temblar. Balaverde, su mote preferido, era el nuevo emblema del ciclismo estatal junto al vasco Ibán Mayo. Pero algo nuevo, e incluso raro, había en él. ¿Qué hacía un chaval de 23 años ganando en La Pandera o Envalira, y encontrarse tan cómodo en esprints, repechos, clásicas y puertos? Se salía del guión.

Por aquel entonces Óscar Freire había recogido el testigo de Miquel Poblet y abanderaba un tipo de ciclismo desconocido para el público español: las clásicas. Y el líder de Kelme cumplía todos los requisitos para convertirse en figura. Potente, rápido, explosivo y sin complejos. Lo tenía todo para triunfar.

El año siguiente traería casi el doble de triunfos y una gran decepción. Los Juegos de Atenas llegaban con el objetivo de traer medalla a casa, pero el equipo no estuvo a la altura de las expectativas.   Valverde, ya establecido en la élite del ciclismo nacional, ganaba donde corría, pero los 224 kilómetros del recorrido le superaron y se quedó sin opciones demasiado pronto. La experiencia de Bettini, oro al final, contrastó con la juventud del español, no acostumbrado a digerir decepciones.

Pero si algo enamoraría a Valverde sería el Tour, donde debutaría en 2005. Por aquel entonces sus victorias habían recaído mayoritariamente en España, país de grandes vueltas con un ojo en los mundiales de Freire. Las expectativas hacia el murciano, ya enrolado en el Illes Balears de Unzué, director en los tiempos de Perico e Indurain, eran enormes. Y su leyenda engrandeció: batió al invencible Armstrong en Courchevel y tuvo que marcharse a casa por lesión cuando marchaba quinto y enfundado de blanco. Las lágrimas y desesperación del hombre que batió a al americano  le convirtieron en ahijado de todos los aficionados españoles. Conseguir meses después otra plata en los mundiales confirmaría que estaba hecho de otra pasta.

valverde-courchevel1

Desde entonces el Tour sería su pasión. Y como en el amor, la obsesión aumenta con el rechazo. El Tour no quería a Valverde. En 2006, después de vencer en la Flecha Valona y Lieja y partir con ganas de revancha en la primera edición post-Armstrong, su entrega tampoco sería correspondida. Una caída en la cuarta etapa, ya de blanco, le fracturaría la clavícula y mandaría sus aspiraciones a casa. Sin saberlo, su caída cambiaría la vida de Pereiro para siempre. Su consuelo llegaría con la segunda posición de la Vuelta y el bronce del primer campeonato del mundo de Bettini. Sus constantes buenas posiciones le catapultaron a ganar el UCI Pro Tour, sistema de puntuación que intentaba aglutinar la Copa del Mundo y el Ránking UCI en una sola clasificación.

Por aquel entonces ya se había destapado la Operación Puerto, la mayor red de dopaje en el mundo del deporte español, que implicaría a decenas de ciclistas, entre ellos Alejandro Valverde. Su antigua vinculación con el Kelme, equipo involucrado absolutamente, y la sospecha generalizada de ser el “Valv.Piti” de una de las etiquetas de los trabajos de Fuentes, le señalarían como posible tramposo. Culpable o no, la crueldad del ciclismo radica en la ausencia de presunción de inocencia, y el líder de Caisse d’Epargne rodaba con la etiqueta de (muy) sospechoso.

El estruendo mediático acompañaría el corredor la temporada siguiente y los resultados no brillarían tanto. Dos podios en las clásicas de primavera belgas precedieron un Tour marcado por la vergonzosa contrarreloj de Albi, que le despidió de cualquier opción a podio. La carrera acabaría con la victoria inesperada de Contador, que se vio beneficiado por la turbulenta expulsión de Rasmussen cuando vestía el amarillo. Valverde acabaría sexto y cansado, sin imaginar que aquella sería su mejor clasificación en la ronda.

Meses más tarde la UCI vetó su participación en los campeonatos del mundo y solo a falta de 4 días para su celebración el TAS permitió que corriera. En un ambiente enrarecido el corredor no rindió como esperaba y empezó a sentir la persecución de los medios extranjeros que acusaban la federación y política del país de no querer profundizar en la lucha contra el dopaje.

La mejor versión del murciano volvió en 2008. Volvió a ganar en Lieja y subió al podio en la Amstel, además de llevarse el Dauphine, crono incluida. Vencer en la carrera francesa significa llegar entero al Tour, como demuestra la última victoria de Froome este año o la de Wiggins en 2012. Y así sería: estrenó la ronda con el amarillo al vencer en un final hecho a su medida en la primera etapa, y sería declarado vencedor de la sexta después de la descalificación de Ricardo Riccò. A pesar de las alegrías de la primera semana, Hautacam dictaría sentencia y descolgaría a Alejandro de los puestos de privilegio. Al final, acabaría en una modesta novena posición y viendo a Sastres saludando de amarillo en el podio de París. Aquella imagen, por cierto, junto al quinto puesto de Vandevelde en la general, fue uno de los motivos que inspiró a Armstrong a retomar la bici e “intentar glorificar el Tour de nuevo”. Once ediciones después de su primera victoria, el americano volvería a su carrera.

Y precisamente en un día 11, en febrero de 2009, empezó el denominado Caso Valverde que impediría al corredor de Las Lumbreras participar en suelo italiano en caso de sanción. Y así fue. Tres meses exactos después, el 11 de mayo, el Tribunal Antidopaje italiano declararía culpable a Valverde por su relación con la Operación Puerto, aún abierta en España, y que conllevaría un conflicto deportivo-diplomático entre ambos países. La sanción podría haber sido algo más llevadera de no haber coincidido que el recorrido del Tour pasaba por Italia. Un año más, aunque de distinta forma, el Tour se le escapaba.

La sombra del dopaje siempre ha perseguido a Valverde y la sensación que la Federación no quería actuar contra él, de algún modo le condenó a ojos del mundo. Si la mayoría de grandes corredores españoles a inicio de la década estuvieron implicados, ¿sería Valverde el único que iba limpio? La regla de tres no estaba a su favor, y la opinión pública se mostraba escéptica en un panorama especialmente oscuro, donde la decepción y el desengaño son demasiado habituales.

El caso Valverde evidenció una lamentable coordinación de la lucha antidopaje a nivel mundial. Rozaba lo patético que una federación sancionara un corredor de otra nacionalidad a no competir en su territorio, pero que siguiera corriendo en otras pruebas europeas. Finalmente, a finales de mayo de 2010, la sanción se hacía extensible a toda carrera, desposeyendo de todos los resultados obtenidos durante la temporada. El cerco finalmente se cerraba, y Valv.Piti ya tenía dueño.

Como a tantos otros, a Valverde le bajaban de la bicicleta. Durante aquel periodo, mientras veía su vida a través del televisor, los aficionados opinamos sobre el solomillo de Contador, aprendimos el concepto de clembuterol y picogramo y la Vuelta perdió eco mediático con Nibali y Cobo en las ediciones de 2010 y 2011.

Y como en el desamor, el tiempo curó las heridas. En 2012 Valverde volvió a sentirse ciclista y, una vez más, a ganar. Australia fue la elegida para recuperar unas sensaciones casi olvidades y “sacar la rabia de dentro”.  Valverde había vuelto y con él, su ilusión: el Tour. El podio, su objetivo. Después de su victoria en la Vuelta de 2009, la ronda gala sería su primera gran vuelta.

Pero los resultados no llegaron y desde el prólogo se vio que tampoco 2012 sería su año a pesar de su exhibición en Peyragudes. Únicamente el festival que los ciclistas españoles brindaron en La Vuelta sirvió para ver la mejor versión de Valverde, donde terminó segundo detrás de Contador y su festival en Fuente Dé.

valverde vuelta

Con los años y las decepciones, Valverde no llegaba entre los grandes favoritos en este Tour. Froome por condición y Contador por nombre, parecían estar encima del resto, incluyendo el líder de Movistar. Pero la carrera puso al murciano en los focos, consiguiendo ser el primer mortal detrás del aparente binomio de Sky en Ax-3-Domaines y aguantando con los mejores en Bagnères de Bigorre. Incluso superó su pesadillas en la crono de la 11ª etapa, perdiendo unos lógicos 2 minutos en meta.

Ocho años después de hacerle soñar en Courchevel, el Tour parecía sonreír a Valverde y disculparse por tantos años de decepciones y tristeza. Pero otra vez se volvería a burlar de su amor eterno. Ni un pinchazo ni una caída: alguien le tocó por detrás y le rompió la rueda, su suerte y sus ilusiones.

 

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