Alexander Vinokurov o el ídolo sin perdón

Uno de los iconos de la última década se retira después de una carrera marcada por el éxito y el recelo. Vinokurov corrió en la cresta de la ola del éxito, pero su ambición oscureció un personaje que acabó consumido en las sospechas y las dudas

Era imposible seguirle. Subía como un poseído, como si estuviera ausente. Se mereció la victoria”. “No me gusta que se haya llevado el oro. Ha hecho mucho daño al ciclismo”.  Poco menos de diez años separan estas dos declaraciones que se refieren al mismo personaje. La primera fecha en marzo de 2003, después de dedicar una memorable ascensión en el Mont Faron al recién fallecido Andrei Kivilev en la París – Niza. La segunda, unos días más tarde de su sorprendente victoria en los Juegos Olímpicos de Londres por su compañero de podio Alexander Kristoff. Amor y desamor. Alexandre Vinokurov

A partir de 2013, después de catorce temporadas, Vinokurov no volverá a subirse a una bicicleta como profesional y dejará atrás una carrera marcada por los escándalos y las sospechas que han lastrado un prestigio construido a través de una ambición desmesurada.

Su historia, curiosamente, se asemeja demasiado a lo que el ciclismo se ha ido convirtiendo a lo largo de los últimos años. Pasión y decepción. Esperanza y realismo. Ilusión y desengaño. Una historia de contrastes.

El modesto equipo francés Casino, que alimentaba nombres ilustres como Jacky Durand, Christophe Agnolutto o Alberto Elli gracias a los triunfos de Jan Kirsipuu, dio la posibilidad a un joven rubio con buen palmarés amateur a dar el salto en 1998.

Las expectativas puestas en este todoterreno se cumplirían con creces aquellas dos temporadas, ganando entre otras pruebas, el prestigioso Dauphiné Liberélo que le catapultaría directamente al poderoso Telekom en el año 2000 para convertirse en escudero de Ullrich.

Que “Vino” tenía madera de campeón se pudo comprobar rápidamente. En Ciudad Rodrigo aún se recuerda su imponente victoria después de aprovecharun increíble malentendido entre García Acosta y Laiseka en la Vuelta, semanas antes del triplete de Telekom en Sydney’00, donde se colgó la plata en un podio de alta gamma.

El estilo agresivo y ambicioso de esta potencia natural ya empezaba a calar entre el pelotón. Sus ataques se esperaban en cada una de sus apariciones y el aficionado comenzó a saber que un kazajo de pocas palabras luchaba en todas las competiciones Valiente, voraz, Vinokurov.

Pero si hubo algo que marcó al kazajo fue el mortal accidente de Kivilev en la París – Niza  de 2003.  La emotiva celebración en el podio de Mont Faron dedicando la victoria a su fallecido amigo, conmovió al mundo del ciclismo y convirtió al frío Alexander en algo más que un simple corredor. “Tenía que ganar por él” dijo en meta. Ganador y con honor. La historia perfecta.

Su evolución como ciclista seguía imparable. Además de repetir triunfo en Niza, también conquistó la prestigiosa Vuelta a Suiza y ocupó puestos de honor en las clásicas de abril, incluyendo la victoria en la Amstel de aquel año.

Su siguiente objetivo sería el sueño de todo ciclista: Afrontar el Tour como favorito y con posibilidades reales de podio. La traumática salida de Jan Ullrich del equipo dejaba, aún más, vía libre a sus aspiraciones. El Tour del centenario podía ser suyo. Estaba preparado.

En la ronda francesa atacó día tras día, calando entre todos los aficionados huérfanos de acción, que veían como la dictadura del US Postal y el cálculo milimétrico de los esfuerzos en carrera iba restando épica al ciclismo edición tras edición. El de Telekom recordaba con su arrancadas las gestas que en su día se escribieron en la Grande Boucle, ganándose además el apoyo del ciclismo español, al reconocerle junto a Ullrich, como las dos únicas opciones reales para imposibilitar que Armstrong igualara el récord de Indurain. Beloki, por aquel entonces, seguía derramando lágrimas en el hospital de Gap.

La fuerza bruta siguió dando frutos en forma de victorias, siempre de gran prestigio, como en Lieja en 2005 o la última etapa del Tour de aquel año. Después del homenaje de rigor en el último Tour de Lance, desafió a todos los equipos y esprínteres saltando a falta de dos kilómetro y consiguiendo “an incredible win” ante la incredulidad del pelotón y el locutor de la SBS australiana. Lo había vuelto a hacer. Había conseguido barrer todas las estructuras lógicas gracias a su físico privilegiado y una capacidad de sufrimiento inaudita. Era único y él lo sabía.

Por este motivo aceptó al año siguiente la propuesta de unirse a Manolo Saiz en Liberty Seguros y olvidar la estructura germánica, donde el objetivo final siempre conducía a Rostock y a Jan Ullrich, el hijo pródigo que ya había vuelto al equipo un par de años antes. El ex mánager de Jalabert, Zülle y Olano se hacía con otro corredor de garantías para afrontar el Tour con éxito, visto que Beloki ya no volvería a ser nunca el de antes, y construir un binomio que tenía que hacerse con el vacío que el Boss dejaba en Francia. Nada más lejos de la realidad.

A finales de mayo se destapó el mayor escándalo nacional de la historia en materia de dopaje, después que la Guardia Civil detuviera Saiz al salir de un encuentro con Eufemiano Fuentes, el “mago” de la medicina deportiva. El doctor ya fue acusado por Manzano en su paso por Kelme y suya es la famosa frase dejada en el contestador de Ángel Casero, recordando que “tengo preparado lo que tú ya sabes por si acaso”.  La conocida como Operación Puerto implicó presuntamente a decenas de deportistas, aunque únicamente salieron a la luz los nombres de los profesionales de las dos ruedas, entre ellos, numerosos corredores de Liberty. Con el escándalo, el patrocinador dejó el equipo y la escuadra se vio sumida en el caos y la indecisión

Fue el propio Vinokurov, nombre que nunca apareció en el sumario al contrario que otros grandes apellidos, quien consiguió la involucración del gobierno de su país, asegurando la temporada del equipo bajo el nombre de Astaná. La inversión millonaria de capital del Este fue recibida con cierto recelo, al entenderse que la esencia de la estructura contaminada de Liberty seguiría presente en el nuevo equipo. Además, un golpe de talonario de tales dimensiones en torno a la figura del ídolo kazajo le otorgaba automáticamente un poder sobredimensionado en comparación al resto de ciclistas del pelotón.

A pesar de las ilusiones y esfuerzos de Vino, el Tour impondría su ley. La organización impediría la participación del equipo en la ronda al vetar a los ciclistas implicados en la Operación Puerto. Cuando se disponía a conquistar París con el mejor buque posible del pelotón, el esperado héroe kazajo se vio arrastrado por un hundimiento general ajeno a él. Después de dos ausencias por lesión, el Tour seguiría siendo un sueño, solo compensado por la victoria en la Vuelta aquel septiembre.

El ciclismo, manchado

La depresión post-Armstrong se vería aumentada por el positivo de Landis al acabar el Tour y por saber que Ullrich, Pantani, Hamilton, Botero, Sevilla, Heras, etc habían sido, presuntamente, clientes de Fuentes. Sin ídolos creíbles, ¿quién convocaría a los aficionados en las cunetas? ¿Quién atraería a los patrocinadores? Por más que duela, el podio de aquel Tour, Pereiro, Klöden y Sastre, no llegaba ni a la altura del betún de los podios anteriores a nivel de mercadotecnia o atracción comercial. Nombres como Evans, Kohl o Leiphemer más adelante, tampoco engrandecían el palmarés ni la leyenda.

Así pues, Vinokurov se erigió como el paradigma de ciclista. Ofensivo, espectacular, potente… y limpio. La gente adoraba sus imparables demarrajes, su inconsciencia. Era capaz de perder veinte minutos en una etapa para arrollar en la siguiente. La gente veía en él al ciclista puro. Un ciclista indomable, de raza y casta, adjetivos tan de moda en otros años no tan lejanos. Solo él y jóvenes valores como Contador o Schleck podrían dar la vuelta a una situación demasiado conocida en el mundo de la bicicleta. Demasiada sospecha. Desconfianza infinita

Lo que nadie esperaba en el Tour del 2007 era que el clavo donde todos se aferraban también estaba quemado. Chamuscado. El mundo descubrió que también era ceniza. Así, después que la prensa elogiara su ímpetu para seguir en carrera tras una grave caída, después de volver a levantarse una vez más, después de elogiarle hasta la saciedad… después de todo, Vinokurov tampoco era uno de los buenos. Positivo. Dopado. Otro de tantos.

Su huída a Kazajstán “para preparar jurídicamente la defensa” fue la confirmación de que ya no se podía poner la mano en el fuego por nadie. Días después, Rasmussen, el amarillo, también caería.

Por aquel entonces aún no teníamos que olvidar a Lance Armstrong, Alberto Contador no había comido el chuletón de la discordia y Andy Schleck no defendía la inocencia de su hermano; pero el ciclismo volvía a inmolarse de manera cruel traicionado por uno de sus estandartes e iconos globales.

La federación de Kazajstán, aquella que puso los cimientos para la creación de Astaná y movió mar y montaña para impedir que la ley francesa se aplicara el año anterior con la fiereza que se hizo con la famosa Edita Rumsas, impuso una tibia sanción de un año a su corredor, lo que trajo el desacuerdo general y la negativa de la UCI a concederle la licencia para que volviera a competir antes de tiempo.

Sus contactos gubernamentales y amistades con altos cargos le hicieron desprender una aureola de intocable, que le alejaban aún más del mundo terrenal.

Después del obligado parón y de amagar con la retirada, en 2009 Vinokurov descolgó la bicicleta para volver a su equipo, a pesar de las reticencias iniciales de Bryuneel. Su retorno vino acompañada de más polémica, pues se le acusó de comprar a Kolobnev para ganar, con 37 años, la Lieja 2010, y en algunas etapas del Tour pecó de anárquico en busca de una etapa que acabaría consiguiendo.

A pesar de haber conseguido buenos resultados, aquel rubio que encandiló a la afición con un estilo propio y aplaudido nunca recuperó la estima de los amantes del ciclismo, quienes no olvidan la enorme herida que el kazajo les dejó. Nunca sería lo mismo.

Para muchos, Vinokurov representó la posibilidad de creer que dentro de la eterna infección del dopaje aún había la esperanza de seguir limpio, puro. Su forma de entender las carreras, todas al ataque, supuso un balón de oxígeno en un deporte que se asfixiaba, además de demostrar que más allá del resultado, el estilo era más que importante. Era una combinación de Chiappucci, Jalabert y Virenque, con sus fortalezas y debilidades, pero con la capacidad de no rendirse nunca y de seguir luchando curva a curva.

Su infidelidad dolió más que las que brindaron tantos otros, seguramente porque el aficionado se aferró a él en los momentos más delicados de la relación con el ciclismo. Habían caído los más grandes, pero Vino seguía ahí, enseñando que la bicicleta era pura pasión y que todo no estaba perdido.

Pero su mentira penetró a lo más fondo. A la fe. A la esperanza. Donde la persona se diluye en esencia. Y desde ahí, desde lo más profundo, el perdón no se encuentra fácilmente.

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