Y los sueños, sueños son: El Euskaltel – Euskadi como muestra de país

El Euskaltel es mucho más que un simple equipo / Foto: Giro d’Italia

Hablar del País Vasco (O Euskadi según el origen del lector) es hablar de una tierra distinta. Compleja, se podría llegar a decir; pero sin entender la idea de complejidad como retorcida o trabada, sino profunda y llena.

Escribir y evaluar el significado y el por qué de mucho de los elementos que rodean Euskadi ha sido tema tabú y de controversia por sus circunstancias contemporáneas. Comprensible si se tiene en cuenta que durante demasiado tiempo se han buscado vencedores y vencidos a tenor del concepto ‘conflicto vasco’.

Siendo objeto de análisis y debate, muchos de los estudios sociológicos relacionados concluyen en su marcada idiosincrasia, así como en un reconocido sentimiento de pertenencia comunitario. El resultado de las reciente elecciones, con un 60% de los votos en favor de PNV y Bildu, es el último gran ejemplo. La cultura, las tradiciones, el idioma… Muchos son los elementos distintivos que, evidentemente, también afectan el mundo deportivo del territorio.

El ciclismo es en el País Vasco una práctica histórica y común, así como la afición generalizada que dicho deporte despierta. Solo hay que comprobar los más de 250 clubes inscritos en la Federación Vasca, incluidos diez equipos que compiten a nivel amateur. Mención aparte reciben Orbea, equipo continental, y Euskaltel-Euskadi, icono y bandera de las dos ruedas.

Hace poco menos de veinte años, precisamente en junio de 1993, se constituyó la Fundación Euskadi, con la intención de “promocionar, divulgar y promocionar el ciclismo vasco”, creando un equipo ciclista profesional que vería la luz la temporada siguiente. Los miembros de la plantilla, volviendo a la singularidad, deberían ser en su totalidad vascos, navarros o haber sido formados en equipos del territorio. ¿Locura, exceso de ambición o valentía? Posiblemente una mezcla de las tres se proyectó en José Alberto Pradera, por aquel entonces diputado general de Vizcaya, y en Miguel Madariaga, el motor de un equipo embrionario y que ahora vive desde otra perspectiva la actualidad de su creación, ahora ya mayor de edad.

Los inicios fueron difíciles. Mucha ilusión, optimismo y pasión para dar forma a algo más que un simple proyecto, pero que no se traducía en cheques o transferencias bancarias para poder sostener una estructura ambiciosa.Dudas e incertidumbre económica acompañarían al equipo en los primeros meses, aunque con la sensación de que algo tendría que estar haciéndose bien si en la primera plantilla figuraban nombres contrastados como Ruiz-Cabestany o González Salvador, además de jóvenes valores como Iñigo Cuesta, Roberto Laiseka, César Solaun o Agustín Sagasti. Precisamente este último inscribió su nombre en la historia al estrenar el casillero del equipo en casa, en la Vuelta al País Vasco, después de rodar 80 kilómetros en solitario. Primera alegría después de tanto esfuerzo.

Sagasti en su histótica victoria de Azpeitia // FOto. Diario Marca

El equipo, modesto y vestido, como no podía ser de otra manera, con los colores de la ikurriña, a pesar de que el blanco fuera el principal, contaba con el apoyo político y empezó a calar entre el aficionado base.

La llegada de Euskaltel

En 1997, la empresa de telecomunicaciones vasca se sumó al proyecto, inyectando una valiosa cantidad de dinero que mitigaría la deuda del equipo y pondría los cimientos para estabilizar la Torre de Babel del ciclismo vasco.

Por aquel entonces, el equipo contaba con quince victorias en su palmarés, la gran mayoría de nivel inferior y descafeinadas en comparación con las cuarenta conseguidas desde 2009, pero que fueron la base para que la cadena siguiera moviéndose.

La popularidad del equipo aumentó a medida que los logros y resultados también llegaban. En 1998, el equipo consiguió su primera victoria en suelo francés. Txema del Olmo ganó en el Tour del Porvenir, carrera que por aquel entonces recibía un reconocimiento mucho mayor y con nombres ilustres como el de Indurain o Lemond en su palmarés. El bilbaíno también conseguiría el segundo puesto en la general, por detrás de un prometedor Christophe Rinero. La extensión del equipo del 050 seguía su crecimiento imperturbable.

La sensación era que Euskaltel-Euskadi ya tenía una consistencia sólida dentro de un pelotón nacional, donde Banesto y ONCE seguían siendo los grandes iconos. El primero aún era el equipo de Indurain y contaba con Abraham Olano, su sucesor por unanimidad, y que más adelante sonó como posible fichaje estrella del entonces equipo de Julián Gorospe; por otro lado, la escuadra de Manolo Sainz tiraba de Laurent Jalabert para cubrir el hueco que provocó la marcha de Alex Zulle al todopoderoso y posteriormente maldito Festina. Con unos recursos mucho más limitados, el equipo vasco tiraba de cantera y nombres como los hermanos González de Galdeano, Beloki o Unai Etxeberria eran los valores de una plantilla que viviría el año siguiente su primer gran éxito en la Vuelta España.

Tuvo que ser Roberto Laiseka, el eterno abanderado de los valores del equipo vasco, quien levantara los brazos en el Alto de Abantos en la Vuelta del 1999. Ciclista con fama de cascarrabias, nombrado “medio español” por el siempre polémico y malogrado Chava Jiménez y tildado de “corredor modesto” por la mayoría de medios estatales, el de Gernika regaló al equipo una victoria más que necesaria para la confirmación de la marca. Nadie podía imaginar que el mismo protagonista multiplicaría su éxito, un par de años después, en un mítico puerto del Pirineo francés.

Euskaltel ya se codeaba con los grandes y su 5º puesto en la clasificación por equipos así los reflejaba. En aquella histórica Vuelta, además, Igor González de Galdeano con el rojo de Vitalicio Seguros, se vio únicamente superado por un recuperado Jan Ullrich que conseguiría, en un dato sorprendente, su segunda y última gran vuelta por etapas. El resultado reivindicaba el trabajo de cantera vasca del Euskaltel y su propia manera de entender el ciclismo.

Cantera, por cierto, que traería un año después a corredores ilustres para la historia de la formación como Ibán Mayo, que ya despertaba interés en su primer año de profesional y Samuel Sánchez, a quien le costaría un poco más conseguir triunfos de renombre.

Para entender el significado de lo que el Euskaltel-Euskadi es para el ciclismo vasco debemos avanzar hasta el 22 de julio 2001, fecha recordada por las decenas de miles de aficionados vestidos de naranja en las montañas pirenaicas, que vieron culminado el objetivo final de una idea loca nacida ocho años atrás.El proyecto había madurado aún más hasta conseguir el mejor fruto posible entre pedales, bicis y carreras. Se volvió a mojar en la Vuelta de 2000, a pesar de le decepción de no estar en la edición del Tour, donde sí saldrían de partida el año siguiente. Antes, el equipo había brillado en el prestigioso Dauphiné junto a Armstrong y Hamilton, después de llevarse la Euskal Bizikleta, ascendido a Primera División y se había conseguido el fichaje del doble ganador de etapas en el Tour, David Etxeberria. Euskaltel ya no sería nunca más un equipo segundón.

Aquella tipología de equipo, aguerrido, ambicioso, joven  y con un apoyo popular único gustaba, y mucho, a Jean-Marie Leblanc. Ciclista y posteriormente periodista deportivo, Leblanc era el patrón del Tour. En definitiva, aquel que decidía a quién invitar a cenar a su carrera y a quién dejar en la calle. En mayo de 2001, justo un par de meses antes del inicio de la ronda, el director del mayor circo ciclista se olvidó de llamar a hombres como Pantani, Escartín, Zulle o Cipollini, hombres con historia en la carrera gala, para dar las llaves de entrada a la mansión a un Euskaltel cargado de ilusión y savia nueva.

El recorrido de aquel año contenía tres etapas en los Pirineos. Tres etapas que pasaban muy cerca de casa. Tres etapas para que los aficionados animaran y bailaran al ritmo del pedaleo de sus chicos. De los chicos de naranja. Del naranja del Euskaltel-Euskadi.Y así fue. Durante el tríptico pirenaico, la carrera se inundó de ikurriñas, de pancartas, de aficionados vascos… era su momento. El momento de mostrar al mundo qué era Euskadi y como eran sus habitantes.

Vázquez Montalbán dijo acertadamente en su día que el Barça era “el ejército simbólico desarmado de Cataluña”. Una especie de herramienta reivindicativa cada vez que jugaba por la meseta en particular o por Europa en general. El Euskaltel, en esa línea, era el altavoz internacional de una tierra singular con un proyecto único. Y en aquel mágico mes de julio sus aficionados lo sabían. Ni Athletic ni Real Sociedad. Euskaltel por encima de todos y con todos.

El éxtasis llegó la tarde del 22 de julio. Tuvo que ser el de siempre, Roberto Laiseka, el abuelo de aquella plantilla debutante en el Tour, quien protagonizara una ascensión épicaa Luz Ardiden para grabar su nombre en la historia, al lado de Perico Delgado, Cubino, Indurain o Virenque. Al lado de los grandes. Ya no eran humildes invitados. Eran protagonistas. Ganadores.

Laiseka debuto a lo grande en el Tour del 2001 / FOto: Graham Watson

Como también fueron protagonistas, intérpretes del triunfo, los jóvenes Mayo y Zubeldia en el Tour de 2003. El de los cien años de carrera, el de la caída de Beloki y el quinto de Armstrong, quien sudó su victoria más que nunca. Los Alpes, concretamente el Alpe d’Huez, fue esta vez el escenario elegido para rubricar otra gesta naranja. Aquel día el americano sufrió los ataques de todos sus adversarios y tuvo que ver como Ibán Mayo volaba, literalmente, hasta ser el primero en meta. Una meta que también cruzaron victoriosos hombres como Coppi, Hinault, Bugno o Pantani. Casi nada.

Probablemente, aquella fue la edición donde los hombres de Gorospe lucieron más y fueron realmente candidatos al podio de París. Algunas flaquezas de Zubeldia en la montaña y las carencias de Ibán contra el crono imposibilitaron poder ir más allá, pero los meritorios quinto y sexto puestos, respectivamente, siguen siendo el mejor resultado de la historia del equipo en La Grande Boucle.La sensación era que se estaba muy cerca del límite del rendimiento deportivo. Sólo faltaba subir al podio en alguna gran vuelta, pero cualquier comparación con el último trienio saldría perdiendo.

Los años siguientes los resultados no se repitieron a pesar de notables éxitos como la Vuelta a Suiza de 2005 o la Dauphiné del mismo año. Ibán Mayo no fue el tornado que tenía que batir al americano y, junto a la otra estrella del equipo, Haimar Zubeldia, no acabaron de confirmar las expectativas que levantaron en un bloque con ciclistas ya consagrados

Cambio de rumbo

El equipo necesitaba un cambio. Algo que hiciera virar una dinámica estancada. Una renovación. Y así fue. En 2007 el equipo empezaba a rodar sin su director más exitoso, Julián Gorospe, sin su estrella mediática, Ibán Mayo, y sin el que siempre estaba, Roberto Laiseka. Era la hora del cambio generacional. Samuel Sánchez asumió galones, e irrumpió con fuerza Igor Antón con grandes alegrías en la montaña. El asturiano, además, daría un paso más en la aventura del equipo al subir en el podio de la Vuelta de aquel año y conseguir tres etapas más.

En los años siguientes, el equipo plantaría su bandera en grandes carreras donde no había ganado antes, como en el Giro o, evidentemente, en los Juegos Olímpicos, que llevaron finalmente a Samuel Sánchez al estrellato. Inexplicable es el caso de este todoterreno capaz de ganar en todas las disciplinas y con brillante palmarés, pero que sigue sin ser considerado un top. El entorno mediático de los pedales, aquel que a veces se interesa por lo que pasa más allá del mes de julio, prefiere cantar las gestas de Contador, Valverde o incluso Freire, antes que las hazañas del campeón olímpico o Joaquim Rodríguez, corredor similar al ovetense.

Euskaltel-Euskadi ha sido durante 18 años la esencia del ciclismo vasco más allá de cualquier color o región. No solo por la procedencia sino por una particular forma de encarar la competición, conseguir los objetivos y por lo que representa a nivel regional. Un claro ejemplo. El mensaje de Ardanza en la presentación  de la temporada pasada fue un contundente “Honrad a este país”, más habitual en misiones bélicas que en actos deportivos. Ligeramente distinto fue el mensaje que se proyectó en la presentación del Movistar. “Honrad la marca”. Patente y clara diferencia.

De origen humilde, el aficionado tendió a ver el equipo como una especie de hermano pobre del pelotón, pero con agallas y valor para hacerse respetar. Estos valores, sea dicho, congenian con el carácter vasco medio, aquel que le gusta sentirse diferente y especial sin caer en la arrogancia. Por eso, reivindicarse como un equipo ganador sin haber perdido nunca su identidad, conllevó que la singularidad de la escuadra celebrara con más entusiasmo los triunfos internacionales que los peninsulares, seguramente porque el mencionado altavoz de la tierra llevaría su propia realidad, cuanto más lejos mejor.

No es cuestión de politizar o encasillar un equipo deportivo, pero la marca Euskadi movilizó a millares de aficionados que no solo iban a ver una carrera ciclista, sino a formar parte de un objetivo. Por ejemplo, no hay ni punto de comparación entre el seguimiento del equipo en la Vuelta o en el Tour, ya no por la propia extensión de la carrera, sino por el hecho que en España seguramente no hay nada más que decir, y en Francia la repercusión es cinco veces mayor. Solo así se consigue que el mundo conozca qué es aquella inscripción blanca en el maillot naranja de esos locos sobre ruedas, y traspasar las fronteras regionales y nacionales a través de la épica, el deporte y el triunfo.Ganar gusta, pero hacerlo identificado con la gente de casa es otro nivel. Y el aficionado vasco se siente bien así.

Por este motivo, el ambiente se ha enrarecido este final de temporada cuando la dirección del equipo ha hecho, después de casi dos décadas, los primeros fichajes de extranjeros. De ‘intrusos’. ¿Cómo puede ser que la esencia de este equipo se marchite así, sin más, cuando el equipo ha tocado el cielo con su propia gente? ¿No se dan cuenta que no será lo mismo? Además, ¿qué sabrán ellos de Euskadi?

El escepticismo y el recelo a lo desconocido es una reacción tan antigua como la propia humanidad, sobre todo en ambientes cerrados o con mucha afinidad. En este caso, el grupo en cuestión cuenta con miles de simpatizantes que ven como aquel ideal, que tantas alegrías les había dado emite señales de socorro y abre las compuertas del barco a todos aquellos que puedan remar, vengan de donde vengan. ¿Realmente ya no nos valemos por nosotros mismos?

En 2013, Tarik Chaoufi defenderá el naranja de Euskaltel.

Por historia, el vasco ha preferido mayoritariamente caminar solo que mal acompañado, buscándose la vida por su cuenta hasta encontrar un sitio donde considere que estará a gusto. Por eso, cuando Igor González de Galdeano anunció que el año próximo la escuadra contaría con un marroquí, un griego o un esloveno, entre otros, la mayoría frunció el ceño en busca de respuestas.

Y la respuesta es clara. Estos ‘intrusos’ son, guste o no, la tabla de salvación para asegurar la continuidad del equipo en la élite mundial, quimera que con la plantilla ‘pura’ seguramente no hubiera sido posible.

Había dos vías a escoger: la romántica o la dura. La primera llevaba a un posible final trágico digno de Shakespeare. Seguir como siempre, enamorados de una idea con las consecuencias que ello tuviera y confiar en la bondad de los organizadores. La vía dura, la elegida, es la que rompía la tradición sagrada de la casa. Sólo vascos o cantera.Habrá que aceptar que el equipo no podía vivir de una idea virginal, sino que al fin y al cabo lo que busca Euskaltel, la empresa, es seguir mostrando su nombre a todo el mundo, sin tener que ganarse el pan carrera tras carrera.

Pase lo que pase, a partir de 2013 el ciclismo vasco ya no será el mismo y el aficionado lo sabe. Ya no habrá el vínculo único de ganar juntos a Goliat: unos con la bicicleta y el otro con el aliento desde la cuneta. Ya no tendrán la sensación de querer ser los mejores, siendo diferentes. De no querer ganar cueste lo que cueste, sino con un transfondo mucho más profundo que el propio deporte. De estar representados en el esfuerzo de su pedaleo. Ya no. Seguirán estando entre los mejores, pero Euskaltel ya no será más el altavoz internacional de la causa vasca. Y los aficionados, aquellos por los que se corre más allá del propio patrocinador, no cesarán de animar a los naranjas; pero recordando que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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